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A 105 años de la revolución radical de 1905
Con Manuel Quintana el régimen que gobernaba nuestro país desde hacía ya un tiempo, sólo aseguraba que se profundizaran las diferencias entre los que menos tenían, y los más ricos, situación que los mantenía cómodos en su lugar.

El Radicalismo por su parte, recibía los reclamos de un pueblo que anhelaba que por fin terminaran las diferencias entre ricos y pobres. Ése momento político demandaba determinaciones fuertes, y así empezaban a diagramarse las estratégias que llevarían al pueblo Argentino al camino por reconquistar el poder. La revolución comandada por Hipólito Yrigoyen, estalló principalmente en Bahía Blanca, Santa Fé, Mendoza, Córdoba y Capital Federal, y los combates se extendieron hasta el 8 de febrero, cuando las principales resistencias, las de Mendoza y Córdoba, depusieron las armas. Sin embargo, la revolución no había sido derrotada, ya que había iniciado el camino que derivaría en la Ley Sáez Peña, y que posibilitaría el acceso del primer Presidente elegido por el voto popular años más tarde, Hipólito Yrigoyen.

Nuestro mas sentido homenaje a los patriotas que entregaron su vida a la lucha popular.

Transcribimos el Manifiesto de los revolucionarios de 1905

 

 

LA UNION CIVICA RADICAL AL PUEBLO DE LA REPUBLICA

Ante la evidencia de una insólita regresión que, después de 25 años de transgresiones a

todas las instituciones morales, políticas y administrativas, amenaza retardar indefinidamente el

restablecimiento de la vida nacional; ante la ineficacia comprobada de la labor cívica electoral,

porque la lucha es la opinión contra gobiernos rebeldes alzados sobre las leyes y respetos

públicos; y cuando no hay en la visión nacional ninguna esperanza de reacción espontánea, ni

posibilidad de alcanzar normalmente, es sagrado deber de patriotismo ejercitar el supremo

recurso de la protesta armada a que han acudido casi todos los pueblos del mundo en el

continuo batallar por la reparación de sus males y el respeto de sus derechos.

Sustanciar aquí las causas que determinan esta suprema resolución; sería suponer que la

Nación no está compenetrada de ellas.

Son tan profundas que, si no han tronchado su porvenir, han malogrado al menos su

vitalidad en uno de los períodos de mayor actividad y de más franca expansión.

La moral y el carácter, esos atributos con que Dios ha iluminado el Universo, revelando al

hombre que sobre su frente lleva un rayo de divinidad, parece que no inspiran ni fortifican el

espíritu de la Nación, cuando los gobernantes pueden inferirle los agravios que es penoso

constatar una vez más, al reproducir el esfuerzo reivindicatorio.

Difamada la República en todos los centros del mundo, el descrédito seguirá latente y

pasará a los anales de su vida, sin que sea dado precisar cuánto daño le habría ocasionado, ni

cuando retornará a la plena seguridad de su prestigio.

Agotada y perturbada durante el mejor desarrollo de sus energías, ya no recuperará la vida

perdida, cualquiera que sea el acrecentamiento futuro. Desmoronado íntegramente su

organismo político, será obra premiosa del concurso y de la solidaridad nacional, levantarlo en

todo su imperio, renovando e inculcando la enseñanza de sus principios y acentuándolo en los

hechos por su recta aplicación y funcionamiento.

Es esta una severa lección para no consentir las desviaciones de los gobiernos, dejándolas

impunes, porque se hacen irreparables y asumen el carácter de responsabilidades colectivas,

infiriendo a la sociedad males que no debió sufrir o privándola de beneficios que debió

alcanzar.

Todo ha sido conculcado desde su cimiento hasta su más alta garantía. El sufragio,

condición indispensable de la representación electiva, ha sido falseado primeramente y

simulando por fin, con intermitencias de sangrientas imposiciones.

La vida comunal, la más directa demostración de las libertades públicas, la primera escuela

político-social, y una de las bases de nuestra organización, ha sido sucesiva e

implacablemente menoscabada en su prestigio y en su eficiencia, hasta quedar suprimida, aún

en esta Capital, centro de gloriosas conquistas humanas por ley fundada en la agraviante ironía

de su notoria incapacidad de practicarla.

Mediante un sistema de punibles irregularidades, las provincias han sido convertidas en

meras dependencias administrativas. Los gobernadores invisten y ejercen la suma de los

poderes, y a su vez se prosterna ante el Presidente de la República, quien por el hecho de

serlo, adquiere prepotencia tan absoluta que todos, hasta el Congreso y las legislaturas, se

someten incondicionalmente a su voluntad para afianzarse en el cargo que detentan, retomarlo

si lo han perdido o conseguirlo si lo aspiran.

Las constituciones, para cuya revisión las sociedades bien dirigidas buscan las horas

tranquilas y concurrentes de la opinión, has sido rehechas y deshechas al arbitrio de los

gobernantes, no para ampliar los derechos o darles más garantías, sino para restringirlos o

falsearlos, arrogándose mayores poderes y extendiendo sin necesidad el enorme personal

administrativo. En cambio, no se han cumplido muchos de los más fecundos preceptos que

ellas consagran, como medios conducentes y eficaces para la mejor legislación y el bienestar

de los pueblos.

La verdad y la eficacia de la doctrina que tiene por base el gobierno del pueblo por el

pueblo, reside en el grado de libertad con que la función electiva se realiza. Sin ésta no hay

mandato sino usurpación audaz, y no existe vínculo le al alguno entre la autoridad y el pueblo

que protesta. Las demás instituciones que se fundan en el hecho de esa representación y

están destinadas a recibir su calor, quedan anuladas y mutiladas en su verdad y energía.

Desde la justicia y la Instrucciones, tan primordiales como fundamentales, hasta el ejército y

las finanzas, todos los centros y ramas del gobierno están en el caos, acusando descensos

moral, incompetencia y abandono de los más importantes intereses de la Patria. Las cátedras,

las magistraturas, la dirección de los institutos científicos, la jefatura de las reparticiones y, en

una palabra, todos los cargos públicos, se conceden a los cortesanos con prescindencia de

integridad y de ilustración. La labor administrativa se traduce en obra inorgánico y destructora,

en la contradicción permanente de las iniciativas m opuestas, mientras quedan sin solucionarse

los grandes problemas del bienestar nacional.

En el derroche irresponsable y sin contralor, se ha disipado la riqueza del país con la cual

estaríamos en condiciones de abordar con éxito, la ejecución de las obras públicas que la

civilización impone. Gravita sobre el país, comprometiendo su presente, el peso de una deuda

enorme, de inversión casi desconocida, que pasará a las generaciones futuras como herencia

de una época de desorden y de corrupción administrativa. El presupuesto es ley de expoliación

para el contribuyente, de aniquilamiento para la industrias, de traba para el comercio y de

despilfarro para el gobierno. El pueblo ignora el destino real de las sumas arrancadas a su

riqueza, en la forma de impuestos exorbitantes, porque el Congreso no cumple el deber de

examinar las cuentas de la Administración, para hacer efectivas las responsabilidades

emergentes de los gastos ilegales y de la malversación de los dineros públicos.

La población permanece casi estacionaria, siendo evidente que cuando menos, debiéramos

constituir un Estado diez veces millonario, fuerte y laborioso, con personalidad respetada en el

mundo trabajando en paz y libertad la grandeza de la Patria.

Tan absolutas son las absorciones del poder, que no existen leyes ni garantías seguras; y

tan profunda es la depresión del carácter, que, dentro del régimen, no hay conciencia que

resista, ni deber que no se abdique ante la voluntad del presidente o del gobernador.

El predominio de esa política egoísta y utilitaria, que mantiene sistemáticamente clausurado

el camino de las actuaciones dignas, ha esterilizado las mejores fuerzas del carácter y de la

inteligencia argentinas. Han sucumbido, las unas, en el esfuerzo de la lucha activa, en la

protesta contra el régimen; se han rendido, otras, víctimas del descreimiento o falta de valor

cívico, y se extinguen las más en el ostracismo de la vida pública, impedidas de prestar a la

Nación el servicio de su patriotismo y de sus luces.

Hemos pasado por las más, graves inquietudes internacionales, que debiendo ser un

accidente, han sido una preocupación de años para concluir desprestigiándonos en Sud

América, y modificando la historia y la carta geográfica argentina.

La personalidad moral de la Nación, ha sido reducida. Debíamos haber asumido ya una

significación doblemente importante en el escenario del mundo y estamos aún confundidos

entre las Repúblicas subalternas e inorgánicas de América, expuestos a sufrir las

consecuencias de las sociedades que por no desenvolverse paralelamente al deber y al

progreso, se ven forzadas a buscar su regeneración en la crisis de dolorosas conmociones.

La inmoralidad trasciende del conjunto de la obra administrativa, y contadas serían las

reparticiones públicas que, ante un rápido examen, pondrían al descubierto irregularidades de

las más impúdicas. ¡Que sería si se practicara una investigación severa con ánimo de hacer

justicia!

Todo esto es la obra de un régimen funesto que pesa ignominiosamente sobre la país, que

domina el gobierno de las provincias y tiene a la cabeza al Presidente de la República, que,

siendo el más alto representante de su voluntad, es también su omnipotencia salvadora. Por

eso ha resistido hasta ahora los reiterados esfuerzos de la opinión.

Ante su predominio, todos los preceptos morales han sido escarnecidos, se han rendido los

hombres y han claudicado los partidos. No ha quedado una frente prominente, una corporación

austera, un centro altivo de enseñanza donde el espíritu público pueda acudir a recibir una

sana idea o una justa inspiración.

No ha podido surgir en la República, un núcleo de hombres de Estado, representativos y

caracterizados, tales como los que tuvo hasta que se inició la descomposición, porque,

impedido el digno ejercicio de la vida pública, se ha hecho imposible que se formen con las

virtudes, la autoridad y la experiencia que deben tener para constituir una garantía y una fuerza

social.

Los partidos políticos son meras agrupaciones transitorias, sin consistencia en la opinión,

sin principios ni propósitos de gobierno. Desprendidos los unos del régimen que domina al

país, procedentes los otros de defecciones a la causa de su reparación, el anhelo común es la

posesión de los puestos públicos. El tono de su propaganda se ajusta a la posibilidad de

obtenerlos, a las promesas hechas o a las esperanzas desvanecidas, incurriendo en la

incongruencia de las críticas y de los aplausos en la confusión de la protesta y de la alabanza

por los mismos actos, y hacia los mismos hombres en igualdad de situaciones y

procedimientos. La oposición pierde así sus condiciones esenciales para el bien público, se

convierte en escuela perniciosa y perturbadora y en un exponente de la depresión general.

Se han anticipado los vicios y complicaciones de las sociedades viejas; la clase obrera

desatendida hasta en las más justas peticiones, forma con su reclamos un elemento de

perturbación económica y genera graves problemas, que el gobierno ha debido prever y

resolver oportunamente; en el orden intelectual, se comprueba la ausencia de hombre de

ciencia, jurisconsultos, oradores, y si existen, es para extinguirse en silencio, faltos de

escenario y de estímulos; se han subvertido, en fin los conceptos de honor nacional, de

dignidad personal, de cuanto hay de grande y de noble en las sociedades que conservan el

culto por los ideales que ensanchan los horizontes de la existencia. En un ocaso, en el que

cada día, la regeneración moral retrocede y se aleja.

Tal es, en conjunto, la intensidad del desastre, sin analizar sus múltiples subversiones. Es

una vorágine, que ha llevado por delante todo lo que no ha tenido energías bastante para

resistirla, causando estragos tan grandes, que el pensamiento no puede precisarlos y definirlos,

aunque los abarque en la realidad de lo que está a su alcance.

Vivificados en todo el territorio por la fecundidad de una naturaleza exuberante en las

distintas producciones del mundo; procedente de una cuna que nos enorgullecerá siempre,

emancipados al empuje de los más heroicos sacrificios, generaciones sucesivas de eminentes

ciudadanos, en medio de las angustias y de los esplendores de la lucha por la independencia y

la organización, establecieron para presidir la sociedad argentina los adelantos de la

civilización moderna y los principios más avanzados de gobierno.

Bastará recordar esos antecedentes, fijar el pensamiento en la razón que nos señala

predestinados a ser el centro de poderosos agrupaciones humanas, y acaso el punto de partida

de la renovación del mundo; bastará dirigir la vista hacia esa alta cumbre del pasado glorioso,

volverla hacia esa otra cima de los grandes destinos del porvenir, y luego mirarnos en el llano

en diminuta proporción, habiendo perdido autoridad moral y gran parte de riqueza, en el

desenfreno de la orgía gubernativa; bastará eso para reconocer con amargura, que en la

primera centuria de vida independiente hemos fracasado ante nuestra propia conciencia, ante

la historia y ante el mundo entero, defraudando el voto y las inspiraciones de los que nos dieron

patria.

Ante la magnitud de este crimen, de esta fatalidad sin reparo, consumado en la época del

trabajo, de la independencia, y de las múltiples conquistas del espíritu humano, cuando

hombres y capitales afluían de todas partes a poblar y fecundar el país, sus causantes son más

que reos de lesa patria, son todo y no son nada, porque en presencia de la enormidad del

agravio, sus responsabilidades son un sarcasmo, sus protestas de regeneración, una

blasfemia, y el progreso de que blasonan, una iniquidad.

El régimen ha subsistido, consolidándose al amparo de la política del acuerdo, que fue una

defección a terminantes promesas reaccionarias y malogró la reivindicación a punto ya de

conseguirse traicionando deberes patrióticos, en cambio de posiciones oficiales.

Nunca, pensamiento más pernicioso penetró en causa más santa; disgregó las fuerzas de

la Unión Cívica, llevó a los unos a solidarizarse y coparticipar en la obra oprobiosa del pasado,

e impuso a los otros, el deber de la actitud inquebrantable y digna, en que hasta el presente se

mantienen, defendiendo la integridad de la causa.

Esa política, al dar patente de indemnidad a los grandes culpables, ha aumentado los males

y los agravios que en 1890 provocaron la protesta del país, atacado en su honor, en sus

instituciones y en el libre desenvolvimiento de sus riquezas. A todos los que entonces

existieron, y que subsistiendo se han hecho más intensos, deben agregarse hoy, los que ella

ha causado y los procedentes de la desaparición prematura de tantos ciudadanos austeros,

que sirvieron con entereza la causa de la reparación nacional, que hoy serían la mejor

esperanza de la República y un baluarte contra la corrupción que avanza.

La República ha tolerado silenciosa estos excesos,en horas de incertidumbre, ante el

peligro de complicaciones internacionales, llevando la abnegación hasta el sacrificio, en

homenaje a su solidaridad y con la esperanza de ver cumplida la promesa tantas veces

reiterada, de una reacción espontánea, que eliminara la necesidad de una nueva conmoción

revolucionaria. En el estado actual no es posible abrigar esa esperanza, sin incurrir en una

error irreflexivo. El Congreso y las instituciones provinciales son las mismas. La Presidencia no

ha mejorado sus títulos por el hecho de haber asumido el mando y, solidarizada, moral y

materialmente con el régimen que la ha consagrado, carece de autoridad para iniciar la

reacción y de medios para realizarla.

El carácter de funcionario público, representativo, no se adquiere por los programa que se

formulan, sino por la legalidad integral del mandato que se inviste. Osado sería quien se

presentara contrario a los anhelos, intereses y sentimientos colectivos, y total inexperiencia

revelaría, si no se refiriera ellos cuando siente llegar hasta la altura de la posición usurpada, el

eco de la protesta pública. En tan vanas y falaces promesas, constantemente expresadas y

jamás cumplida sólo pueden creer los que, deliberadamente quieran cohonestar con ellas o los

que n consideran las cosas en su realidad y esencia. De los efectos no deben esperarse sino

las consecuencias de las causas de que emergen; y es funesto error, anatematizar el delito en

su elaboración, y luego de consumado, acordarle sanción legal y aun justificarlo, atribuyéndole

virtudes y energías benéficas.

La República no podrá olvidar que los ciudadanos que hoy dirigen sus destinos, son los

mismos que, en 1893 avasallaron las cuatro provincias que habían reasumido su autonomía,

ahogaron sus libertades, próximas ya a alcanzar su dominio, encarcelaron y desterraron a los

más distinguidos ciudadanos del país, con lujo odioso de arbitrariedad y de vejámenes.

Connaturalizados con el teatro en que han desenvuelto, no es posible esperar de ellos, severos

conceptos morales y altas inspiraciones cívicas. No se efectúan en el espíritu humano cambios

tan radicales, que permitan pasar del escepticismo, del descreimiento y de la corrupción

política en que se ha vivido, a una acción reparadora, destinada, precisamente, a destruir el

sistema de que se ha sido instrumento o servidor. La hipótesis que pueda hacerse en esa

forma y por esos medios, supondría la relajación y la rendición de las fuerzas morales de la

República. Pregonarlo, no es sino estimular una lucha de veleidades y de tendencias

personales, encaminada a dar preponderancia, dentro del régimen, a los que suben sobre los

que bajan. Esta lucha de predominios es el drama eterno de la vida de las sociedades, pero,

arriba de ella, están los intereses de la República que debe hacer efectivas las

responsabilidades con una concepción absoluta de justicia.

Entre el último día del oprobio y el primero del digno despertar, debe de haber una solución

de continuidad, una claridad radiante, que lo anuncie al mundo y lo fije eternamente en la

historia. Esperar la regeneración del país de los mismos que lo han corrompido; pensar que tan

magna tarea pueda ser la obra de los gobiernos actuales de la República y de la Presidencia

surgida de su seno, sería sellar ante la historia y sancionar ante el mundo, 25 años de

vergüenza con una infamación, haciendo del delito un factor reparador, el medio único de

redimir el presente y salvar el futuro de la Nación.

Esta tarea requiere escenario y factores nuevos, porque las acciones humanas realizadas

en un medio extraño a sus móviles, resultan inocuas o contraproducentes; exige una gran

cohesión moral, un sólido vínculo de civismo, el concurso de la voluntad nacional, y reclama un

ambiente de justicia y de independencia de espíritu en el cual puedan desenvolverse,

ampliamente, todas las capacidades, y bajo cuya influencia, hasta que sean posibles las

reacciones de los hombres, por la modificación de las ideas y de los procedimientos.

Los primeros actos del nuevo gobierno evidencian la exactitud de estos juicios: el Congreso

se ha clausurado, sumisamente, con injuria a las instituciones y grave daño para importantes

intereses, sancionando sin estudio, un presupuesto enorme, porque así lo impuso la política

presidencial, realizando un acto sin precedentes que habría sido bastante en una situación

regular, para causar la crisis del Ejecutivo. Los gastos fuera de ley, forman como antes, un

presupuesto extraordinario que nadie vota ni controla; los cargos públicos, se adjudican en

premio de servicios electorales, sin espíritu de justicia; y las concesiones y dádivas continúan

incorporadas a las prácticas administrativas. En el orden político se asiste exactamente a la

reproducción de los procederes del pasado, y como obra de gobierno a la onerosa destrucción

de lo existente sin beneficio alguno.

La Unión Cívica Radical, que es fuerza representativa de ideales y de aspiraciones

colectivas; que combate un régimen y no hombres, no puede, pues declinar de su propósito ni

arriar su bandera. Cumple las decisiones de sus autoridades directivas y responde a las

exhortaciones de todos sus centros de opinión. Va a la protesta armada venciendo las

naturales vacilaciones que han trabajado el espíritu de sus miembros, porque contrista e

indigna, sin duda, el hecho de que un pueblo, vejado en sus más caros atributos e

intensamente lesionado en su vitalidad, tenga aún que derramar su sangre para conseguir su

justa y legítima reparación. Pero el sacrificio ha sido prometido a la Nación: lo reclaman su

honor y su grandeza, y lo obligan la temeraria persistencia del régimen y la amenaza de su

agravación. Se efectúa sin prevenciones personales, inconcebibles dentro del carácter del

movimiento, y extraños a la índole moral de los que lo dirigen, con derecho a sustraerse a

estas agitaciones, escudados en el antecedente de una larga y fatigosa labor cívica.

La revolución la realiza únicamente la Unión Cívica Radical, porque así lo marca su

integridad y lo exige la homogeneidad de la acción; pero es por la patria y para la patria. Ese es

el sentimiento que la inspira y esa es la consigna que lleva cada uno de sus soldados. En ese

concepto, solicita el concurso de cuantos quieran contribuir, con su esfuerzo a la obra de la

reparación. Los principios y la bandera del movimiento son los del Parque, mantenidos

inmaculados, por la Unión Cívica Radical, la que bajo sus auspicios, promete a la República su

rápida reorganización, en libre contienda de opinión ampliamente garantizada, a fin de que

sean investidos con los cargos públicos, los ciudadanos que la soberanía nacional designe,

sean quienes fueren. Los únicos que no podrán serlo, en ningún caso, son los directores del

movimiento, porque así lo imponen la rectitud de sus propósitos y la austeridad de su

enseñanza.

La importancia de los elementos acumulados permite abrigar la esperanza de que la prueba

será lo menos sensible. La Unión Cívica Radical rechaza, en absoluto, todo daño anterior y

posterior; no aceptando sino el indispensable en el momento de la acción, y eso, como deber

imperioso y como el sacrificio más grande que pueda hacerse por la tierra en que se ha nacido.

Lo afrontamos, íntimamente poseídos de que asistimos a la fecunda obra de reparación de la

República, en toda su plenitud para encaminarse por los senderos permanentes de su

grandiosos destinos.

Hipólito Yrigoyen

Presidente Honorario.

En

http://www.jr.org.ar/2010/comunicados-de-prensa/a-105-anos-de-la-revolucion-radical-de-1905/#more-846


 
«La libertad necesita ser conquistada y conservada por la conducta digna y perseverante del mismo pueblo, y si éste en vez de merecer o exigir con entereza gobiernos libres y honrados, se presta dócilmente a la explotación de círculos menguados o de sus gestiones personales, siempre peligrosas, tendrán el gobierno creado por su inepcia y por su cobardía; es decir, tendrán el gobierno que merezca su propia indignidad...» Leandro N. Alem