Con Manuel Quintana el régimen que gobernaba nuestro país desde hacía ya un tiempo, sólo aseguraba que se profundizaran las diferencias entre los que menos tenían, y los más ricos, situación que los mantenía cómodos en su lugar.
El Radicalismo por su parte, recibía los reclamos de un pueblo que anhelaba que por fin terminaran las diferencias entre ricos y pobres. Ése momento político demandaba determinaciones fuertes, y así empezaban a diagramarse las estratégias que llevarían al pueblo Argentino al camino por reconquistar el poder. La revolución comandada por Hipólito Yrigoyen, estalló principalmente en Bahía Blanca, Santa Fé, Mendoza, Córdoba y Capital Federal, y los combates se extendieron hasta el 8 de febrero, cuando las principales resistencias, las de Mendoza y Córdoba, depusieron las armas. Sin embargo, la revolución no había sido derrotada, ya que había iniciado el camino que derivaría en la Ley Sáez Peña, y que posibilitaría el acceso del primer Presidente elegido por el voto popular años más tarde, Hipólito Yrigoyen.
Nuestro mas sentido homenaje a los patriotas que entregaron su vida a la lucha popular.
Transcribimos el Manifiesto de los revolucionarios de 1905
LA UNION CIVICA RADICAL AL PUEBLO DE LA REPUBLICA
Ante la evidencia de una insólita regresión que, después de 25 años de transgresiones a
todas las instituciones morales, políticas y administrativas, amenaza retardar indefinidamente el
restablecimiento de la vida nacional; ante la ineficacia comprobada de la labor cívica electoral,
porque la lucha es la opinión contra gobiernos rebeldes alzados sobre las leyes y respetos
públicos; y cuando no hay en la visión nacional ninguna esperanza de reacción espontánea, ni
posibilidad de alcanzar normalmente, es sagrado deber de patriotismo ejercitar el supremo
recurso de la protesta armada a que han acudido casi todos los pueblos del mundo en el
continuo batallar por la reparación de sus males y el respeto de sus derechos.
Sustanciar aquí las causas que determinan esta suprema resolución; sería suponer que la
Nación no está compenetrada de ellas.
Son tan profundas que, si no han tronchado su porvenir, han malogrado al menos su
vitalidad en uno de los períodos de mayor actividad y de más franca expansión.
La moral y el carácter, esos atributos con que Dios ha iluminado el Universo, revelando al
hombre que sobre su frente lleva un rayo de divinidad, parece que no inspiran ni fortifican el
espíritu de la Nación, cuando los gobernantes pueden inferirle los agravios que es penoso
constatar una vez más, al reproducir el esfuerzo reivindicatorio.
Difamada la República en todos los centros del mundo, el descrédito seguirá latente y
pasará a los anales de su vida, sin que sea dado precisar cuánto daño le habría ocasionado, ni
cuando retornará a la plena seguridad de su prestigio.
Agotada y perturbada durante el mejor desarrollo de sus energías, ya no recuperará la vida
perdida, cualquiera que sea el acrecentamiento futuro. Desmoronado íntegramente su
organismo político, será obra premiosa del concurso y de la solidaridad nacional, levantarlo en
todo su imperio, renovando e inculcando la enseñanza de sus principios y acentuándolo en los
hechos por su recta aplicación y funcionamiento.
Es esta una severa lección para no consentir las desviaciones de los gobiernos, dejándolas
impunes, porque se hacen irreparables y asumen el carácter de responsabilidades colectivas,
infiriendo a la sociedad males que no debió sufrir o privándola de beneficios que debió
alcanzar.
Todo ha sido conculcado desde su cimiento hasta su más alta garantía. El sufragio,
condición indispensable de la representación electiva, ha sido falseado primeramente y
simulando por fin, con intermitencias de sangrientas imposiciones.
La vida comunal, la más directa demostración de las libertades públicas, la primera escuela
político-social, y una de las bases de nuestra organización, ha sido sucesiva e
implacablemente menoscabada en su prestigio y en su eficiencia, hasta quedar suprimida, aún
en esta Capital, centro de gloriosas conquistas humanas por ley fundada en la agraviante ironía
de su notoria incapacidad de practicarla.
Mediante un sistema de punibles irregularidades, las provincias han sido convertidas en
meras dependencias administrativas. Los gobernadores invisten y ejercen la suma de los
poderes, y a su vez se prosterna ante el Presidente de la República, quien por el hecho de
serlo, adquiere prepotencia tan absoluta que todos, hasta el Congreso y las legislaturas, se
someten incondicionalmente a su voluntad para afianzarse en el cargo que detentan, retomarlo
si lo han perdido o conseguirlo si lo aspiran.
Las constituciones, para cuya revisión las sociedades bien dirigidas buscan las horas
tranquilas y concurrentes de la opinión, has sido rehechas y deshechas al arbitrio de los
gobernantes, no para ampliar los derechos o darles más garantías, sino para restringirlos o
falsearlos, arrogándose mayores poderes y extendiendo sin necesidad el enorme personal
administrativo. En cambio, no se han cumplido muchos de los más fecundos preceptos que
ellas consagran, como medios conducentes y eficaces para la mejor legislación y el bienestar
de los pueblos.
La verdad y la eficacia de la doctrina que tiene por base el gobierno del pueblo por el
pueblo, reside en el grado de libertad con que la función electiva se realiza. Sin ésta no hay
mandato sino usurpación audaz, y no existe vínculo le al alguno entre la autoridad y el pueblo
que protesta. Las demás instituciones que se fundan en el hecho de esa representación y
están destinadas a recibir su calor, quedan anuladas y mutiladas en su verdad y energía.
Desde la justicia y la Instrucciones, tan primordiales como fundamentales, hasta el ejército y
las finanzas, todos los centros y ramas del gobierno están en el caos, acusando descensos
moral, incompetencia y abandono de los más importantes intereses de la Patria. Las cátedras,
las magistraturas, la dirección de los institutos científicos, la jefatura de las reparticiones y, en
una palabra, todos los cargos públicos, se conceden a los cortesanos con prescindencia de
integridad y de ilustración. La labor administrativa se traduce en obra inorgánico y destructora,
en la contradicción permanente de las iniciativas m opuestas, mientras quedan sin solucionarse
los grandes problemas del bienestar nacional.
En el derroche irresponsable y sin contralor, se ha disipado la riqueza del país con la cual
estaríamos en condiciones de abordar con éxito, la ejecución de las obras públicas que la
civilización impone. Gravita sobre el país, comprometiendo su presente, el peso de una deuda
enorme, de inversión casi desconocida, que pasará a las generaciones futuras como herencia
de una época de desorden y de corrupción administrativa. El presupuesto es ley de expoliación
para el contribuyente, de aniquilamiento para la industrias, de traba para el comercio y de
despilfarro para el gobierno. El pueblo ignora el destino real de las sumas arrancadas a su
riqueza, en la forma de impuestos exorbitantes, porque el Congreso no cumple el deber de
examinar las cuentas de la Administración, para hacer efectivas las responsabilidades
emergentes de los gastos ilegales y de la malversación de los dineros públicos.
La población permanece casi estacionaria, siendo evidente que cuando menos, debiéramos
constituir un Estado diez veces millonario, fuerte y laborioso, con personalidad respetada en el
mundo trabajando en paz y libertad la grandeza de la Patria.
Tan absolutas son las absorciones del poder, que no existen leyes ni garantías seguras; y
tan profunda es la depresión del carácter, que, dentro del régimen, no hay conciencia que
resista, ni deber que no se abdique ante la voluntad del presidente o del gobernador.
El predominio de esa política egoísta y utilitaria, que mantiene sistemáticamente clausurado
el camino de las actuaciones dignas, ha esterilizado las mejores fuerzas del carácter y de la
inteligencia argentinas. Han sucumbido, las unas, en el esfuerzo de la lucha activa, en la
protesta contra el régimen; se han rendido, otras, víctimas del descreimiento o falta de valor
cívico, y se extinguen las más en el ostracismo de la vida pública, impedidas de prestar a la
Nación el servicio de su patriotismo y de sus luces.
Hemos pasado por las más, graves inquietudes internacionales, que debiendo ser un
accidente, han sido una preocupación de años para concluir desprestigiándonos en Sud
América, y modificando la historia y la carta geográfica argentina.
La personalidad moral de la Nación, ha sido reducida. Debíamos haber asumido ya una
significación doblemente importante en el escenario del mundo y estamos aún confundidos
entre las Repúblicas subalternas e inorgánicas de América, expuestos a sufrir las
consecuencias de las sociedades que por no desenvolverse paralelamente al deber y al
progreso, se ven forzadas a buscar su regeneración en la crisis de dolorosas conmociones.
La inmoralidad trasciende del conjunto de la obra administrativa, y contadas serían las
reparticiones públicas que, ante un rápido examen, pondrían al descubierto irregularidades de
las más impúdicas. ¡Que sería si se practicara una investigación severa con ánimo de hacer
justicia!
Todo esto es la obra de un régimen funesto que pesa ignominiosamente sobre la país, que
domina el gobierno de las provincias y tiene a la cabeza al Presidente de la República, que,
siendo el más alto representante de su voluntad, es también su omnipotencia salvadora. Por
eso ha resistido hasta ahora los reiterados esfuerzos de la opinión.
Ante su predominio, todos los preceptos morales han sido escarnecidos, se han rendido los
hombres y han claudicado los partidos. No ha quedado una frente prominente, una corporación
austera, un centro altivo de enseñanza donde el espíritu público pueda acudir a recibir una
sana idea o una justa inspiración.
No ha podido surgir en la República, un núcleo de hombres de Estado, representativos y
caracterizados, tales como los que tuvo hasta que se inició la descomposición, porque,
impedido el digno ejercicio de la vida pública, se ha hecho imposible que se formen con las
virtudes, la autoridad y la experiencia que deben tener para constituir una garantía y una fuerza
social.
Los partidos políticos son meras agrupaciones transitorias, sin consistencia en la opinión,
sin principios ni propósitos de gobierno. Desprendidos los unos del régimen que domina al
país, procedentes los otros de defecciones a la causa de su reparación, el anhelo común es la
posesión de los puestos públicos. El tono de su propaganda se ajusta a la posibilidad de
obtenerlos, a las promesas hechas o a las esperanzas desvanecidas, incurriendo en la
incongruencia de las críticas y de los aplausos en la confusión de la protesta y de la alabanza
por los mismos actos, y hacia los mismos hombres en igualdad de situaciones y
procedimientos. La oposición pierde así sus condiciones esenciales para el bien público, se
convierte en escuela perniciosa y perturbadora y en un exponente de la depresión general.
Se han anticipado los vicios y complicaciones de las sociedades viejas; la clase obrera
desatendida hasta en las más justas peticiones, forma con su reclamos un elemento de
perturbación económica y genera graves problemas, que el gobierno ha debido prever y
resolver oportunamente; en el orden intelectual, se comprueba la ausencia de hombre de
ciencia, jurisconsultos, oradores, y si existen, es para extinguirse en silencio, faltos de
escenario y de estímulos; se han subvertido, en fin los conceptos de honor nacional, de
dignidad personal, de cuanto hay de grande y de noble en las sociedades que conservan el
culto por los ideales que ensanchan los horizontes de la existencia. En un ocaso, en el que
cada día, la regeneración moral retrocede y se aleja.
Tal es, en conjunto, la intensidad del desastre, sin analizar sus múltiples subversiones. Es
una vorágine, que ha llevado por delante todo lo que no ha tenido energías bastante para
resistirla, causando estragos tan grandes, que el pensamiento no puede precisarlos y definirlos,
aunque los abarque en la realidad de lo que está a su alcance.
Vivificados en todo el territorio por la fecundidad de una naturaleza exuberante en las
distintas producciones del mundo; procedente de una cuna que nos enorgullecerá siempre,
emancipados al empuje de los más heroicos sacrificios, generaciones sucesivas de eminentes
ciudadanos, en medio de las angustias y de los esplendores de la lucha por la independencia y
la organización, establecieron para presidir la sociedad argentina los adelantos de la
civilización moderna y los principios más avanzados de gobierno.
Bastará recordar esos antecedentes, fijar el pensamiento en la razón que nos señala
predestinados a ser el centro de poderosos agrupaciones humanas, y acaso el punto de partida
de la renovación del mundo; bastará dirigir la vista hacia esa alta cumbre del pasado glorioso,
volverla hacia esa otra cima de los grandes destinos del porvenir, y luego mirarnos en el llano
en diminuta proporción, habiendo perdido autoridad moral y gran parte de riqueza, en el
desenfreno de la orgía gubernativa; bastará eso para reconocer con amargura, que en la
primera centuria de vida independiente hemos fracasado ante nuestra propia conciencia, ante
la historia y ante el mundo entero, defraudando el voto y las inspiraciones de los que nos dieron
patria.
Ante la magnitud de este crimen, de esta fatalidad sin reparo, consumado en la época del
trabajo, de la independencia, y de las múltiples conquistas del espíritu humano, cuando
hombres y capitales afluían de todas partes a poblar y fecundar el país, sus causantes son más
que reos de lesa patria, son todo y no son nada, porque en presencia de la enormidad del
agravio, sus responsabilidades son un sarcasmo, sus protestas de regeneración, una
blasfemia, y el progreso de que blasonan, una iniquidad.
El régimen ha subsistido, consolidándose al amparo de la política del acuerdo, que fue una
defección a terminantes promesas reaccionarias y malogró la reivindicación a punto ya de
conseguirse traicionando deberes patrióticos, en cambio de posiciones oficiales.
Nunca, pensamiento más pernicioso penetró en causa más santa; disgregó las fuerzas de
la Unión Cívica, llevó a los unos a solidarizarse y coparticipar en la obra oprobiosa del pasado,
e impuso a los otros, el deber de la actitud inquebrantable y digna, en que hasta el presente se
mantienen, defendiendo la integridad de la causa.
Esa política, al dar patente de indemnidad a los grandes culpables, ha aumentado los males
y los agravios que en 1890 provocaron la protesta del país, atacado en su honor, en sus
instituciones y en el libre desenvolvimiento de sus riquezas. A todos los que entonces
existieron, y que subsistiendo se han hecho más intensos, deben agregarse hoy, los que ella
ha causado y los procedentes de la desaparición prematura de tantos ciudadanos austeros,
que sirvieron con entereza la causa de la reparación nacional, que hoy serían la mejor
esperanza de la República y un baluarte contra la corrupción que avanza.
La República ha tolerado silenciosa estos excesos,en horas de incertidumbre, ante el
peligro de complicaciones internacionales, llevando la abnegación hasta el sacrificio, en
homenaje a su solidaridad y con la esperanza de ver cumplida la promesa tantas veces
reiterada, de una reacción espontánea, que eliminara la necesidad de una nueva conmoción
revolucionaria. En el estado actual no es posible abrigar esa esperanza, sin incurrir en una
error irreflexivo. El Congreso y las instituciones provinciales son las mismas. La Presidencia no
ha mejorado sus títulos por el hecho de haber asumido el mando y, solidarizada, moral y
materialmente con el régimen que la ha consagrado, carece de autoridad para iniciar la
reacción y de medios para realizarla.
El carácter de funcionario público, representativo, no se adquiere por los programa que se
formulan, sino por la legalidad integral del mandato que se inviste. Osado sería quien se
presentara contrario a los anhelos, intereses y sentimientos colectivos, y total inexperiencia
revelaría, si no se refiriera ellos cuando siente llegar hasta la altura de la posición usurpada, el
eco de la protesta pública. En tan vanas y falaces promesas, constantemente expresadas y
jamás cumplida sólo pueden creer los que, deliberadamente quieran cohonestar con ellas o los
que n consideran las cosas en su realidad y esencia. De los efectos no deben esperarse sino
las consecuencias de las causas de que emergen; y es funesto error, anatematizar el delito en
su elaboración, y luego de consumado, acordarle sanción legal y aun justificarlo, atribuyéndole
virtudes y energías benéficas.
La República no podrá olvidar que los ciudadanos que hoy dirigen sus destinos, son los
mismos que, en 1893 avasallaron las cuatro provincias que habían reasumido su autonomía,
ahogaron sus libertades, próximas ya a alcanzar su dominio, encarcelaron y desterraron a los
más distinguidos ciudadanos del país, con lujo odioso de arbitrariedad y de vejámenes.
Connaturalizados con el teatro en que han desenvuelto, no es posible esperar de ellos, severos
conceptos morales y altas inspiraciones cívicas. No se efectúan en el espíritu humano cambios
tan radicales, que permitan pasar del escepticismo, del descreimiento y de la corrupción
política en que se ha vivido, a una acción reparadora, destinada, precisamente, a destruir el
sistema de que se ha sido instrumento o servidor. La hipótesis que pueda hacerse en esa
forma y por esos medios, supondría la relajación y la rendición de las fuerzas morales de la
República. Pregonarlo, no es sino estimular una lucha de veleidades y de tendencias
personales, encaminada a dar preponderancia, dentro del régimen, a los que suben sobre los
que bajan. Esta lucha de predominios es el drama eterno de la vida de las sociedades, pero,
arriba de ella, están los intereses de la República que debe hacer efectivas las
responsabilidades con una concepción absoluta de justicia.
Entre el último día del oprobio y el primero del digno despertar, debe de haber una solución
de continuidad, una claridad radiante, que lo anuncie al mundo y lo fije eternamente en la
historia. Esperar la regeneración del país de los mismos que lo han corrompido; pensar que tan
magna tarea pueda ser la obra de los gobiernos actuales de la República y de la Presidencia
surgida de su seno, sería sellar ante la historia y sancionar ante el mundo, 25 años de
vergüenza con una infamación, haciendo del delito un factor reparador, el medio único de
redimir el presente y salvar el futuro de la Nación.
Esta tarea requiere escenario y factores nuevos, porque las acciones humanas realizadas
en un medio extraño a sus móviles, resultan inocuas o contraproducentes; exige una gran
cohesión moral, un sólido vínculo de civismo, el concurso de la voluntad nacional, y reclama un
ambiente de justicia y de independencia de espíritu en el cual puedan desenvolverse,
ampliamente, todas las capacidades, y bajo cuya influencia, hasta que sean posibles las
reacciones de los hombres, por la modificación de las ideas y de los procedimientos.
Los primeros actos del nuevo gobierno evidencian la exactitud de estos juicios: el Congreso
se ha clausurado, sumisamente, con injuria a las instituciones y grave daño para importantes
intereses, sancionando sin estudio, un presupuesto enorme, porque así lo impuso la política
presidencial, realizando un acto sin precedentes que habría sido bastante en una situación
regular, para causar la crisis del Ejecutivo. Los gastos fuera de ley, forman como antes, un
presupuesto extraordinario que nadie vota ni controla; los cargos públicos, se adjudican en
premio de servicios electorales, sin espíritu de justicia; y las concesiones y dádivas continúan
incorporadas a las prácticas administrativas. En el orden político se asiste exactamente a la
reproducción de los procederes del pasado, y como obra de gobierno a la onerosa destrucción
de lo existente sin beneficio alguno.
La Unión Cívica Radical, que es fuerza representativa de ideales y de aspiraciones
colectivas; que combate un régimen y no hombres, no puede, pues declinar de su propósito ni
arriar su bandera. Cumple las decisiones de sus autoridades directivas y responde a las
exhortaciones de todos sus centros de opinión. Va a la protesta armada venciendo las
naturales vacilaciones que han trabajado el espíritu de sus miembros, porque contrista e
indigna, sin duda, el hecho de que un pueblo, vejado en sus más caros atributos e
intensamente lesionado en su vitalidad, tenga aún que derramar su sangre para conseguir su
justa y legítima reparación. Pero el sacrificio ha sido prometido a la Nación: lo reclaman su
honor y su grandeza, y lo obligan la temeraria persistencia del régimen y la amenaza de su
agravación. Se efectúa sin prevenciones personales, inconcebibles dentro del carácter del
movimiento, y extraños a la índole moral de los que lo dirigen, con derecho a sustraerse a
estas agitaciones, escudados en el antecedente de una larga y fatigosa labor cívica.
La revolución la realiza únicamente la Unión Cívica Radical, porque así lo marca su
integridad y lo exige la homogeneidad de la acción; pero es por la patria y para la patria. Ese es
el sentimiento que la inspira y esa es la consigna que lleva cada uno de sus soldados. En ese
concepto, solicita el concurso de cuantos quieran contribuir, con su esfuerzo a la obra de la
reparación. Los principios y la bandera del movimiento son los del Parque, mantenidos
inmaculados, por la Unión Cívica Radical, la que bajo sus auspicios, promete a la República su
rápida reorganización, en libre contienda de opinión ampliamente garantizada, a fin de que
sean investidos con los cargos públicos, los ciudadanos que la soberanía nacional designe,
sean quienes fueren. Los únicos que no podrán serlo, en ningún caso, son los directores del
movimiento, porque así lo imponen la rectitud de sus propósitos y la austeridad de su
enseñanza.
La importancia de los elementos acumulados permite abrigar la esperanza de que la prueba
será lo menos sensible. La Unión Cívica Radical rechaza, en absoluto, todo daño anterior y
posterior; no aceptando sino el indispensable en el momento de la acción, y eso, como deber
imperioso y como el sacrificio más grande que pueda hacerse por la tierra en que se ha nacido.
Lo afrontamos, íntimamente poseídos de que asistimos a la fecunda obra de reparación de la
República, en toda su plenitud para encaminarse por los senderos permanentes de su
grandiosos destinos.
Hipólito Yrigoyen
Presidente Honorario.
En
http://www.jr.org.ar/2010/comunicados-de-prensa/a-105-anos-de-la-revolucion-radical-de-1905/#more-846